sábado, 12 de julio de 2014

Es estos tiempos.


En estos tiempos que corren, donde el marketing, las comunicaciones, el diseño y la estética son el foco hacia el cual se dirigen nuestras miradas, donde la competencia económica, intelectual y posicional se ha vuelto feroz, y donde la mayoría se agarra al "sálvese quien pueda", no está demás reflexionar acerca del camino que queremos que tome nuestra conducta y nuestro propio ser.

Ya no basta con tener una buena idea, ya no basta con destacar; pues de sobra es sabido que siempre habrá alguien con una mejor idea, alguien que destacará por encima. Todos queremos lo máximo a lo que podemos aspirar según los términos en los que nos definimos y el lugar en el que nos encasillamos. No nos importa el porqué, no nos importa si tiene más sentido que el de la mera supervivencia de nuestra vanidad y de esos vacíos a llenar reflejados con forma de envidias y ego. 
En un mundo donde todo va excesivamente deprisa, donde todo el mundo sabe de todo, donde las bellezas deslumbran, donde los talentos abruman, donde ya no tenemos tiempo para pararnos a meditar más allá de la forma en la que saldremos del paso de esta vida que nos empuja y empuja al agujero de lo superfluo. Cuando nos convertimos en copias de copias, cuando caminamos en la misma dirección y en ninguna a la misma vez, es difícil sentarse a pensar sin que el miedo de la prisa y la necesidad te devore. Y todo es tan sublime, y todo es tan igual. Vacío, cuando lo observas a cámara lenta.

En estos tiempos que corren, he llegado a la conclusión de que el único camino es el camino de la excelencia, el camino de la virtud trágica, en el que se es fanático de la fidelidad. En el que se acepta que no eres nada, y en el que pretendes sentir la grandeza de tu cometido. Férreo, estricto, inamovible. Y a la vez, a la vez ser tan dúctil como el agua, tan intrépido como el viento, tan intenso como el fuego.


Éste, este es el camino del guerrero.

martes, 15 de abril de 2014

(1) El Niño.




Qué fácil era para él imaginarlo en su cabeza. Siempre había sido un soñador, y los rubores del rostro maquillado por lo efímero de ese bello fluir, nunca terminaban de arder sobre el papel. Sobre la realidad. El niño que fue, había nacido fruto de sus características innatas, que no al contrario. Y ahí se quedó, preso de ellas.

Todo se complicó tanto adentro, que afuera empezaron a escucharse murmullos intrigantes, de esos que traman historias que no quieres oír, de esos que te acongojan hasta colocarte en una dimensión paralela, montura en merma de movilidad, oídos desacoplados, corazón expandido en la tráquea. Murmullos que se convierte en los ladridos de tu propia jauría de inseguridades. Que no puedes ignorarlos, que te empujan más profundo, pero con la vista puesta en la puerta de salida. En este caso, de entrada.

Qué complicado es cuando vas a ciegas. Aquel niño no tenía bastón ni perro lazarillo. Tenía temblores y escalofríos, tenía suelo blando y piedras duras. Un camino de incertidumbre y un puntito de luz eterna. Una luz que venía reflejada desde la misma materia que lo conformaba como persona. La persona que por lógica sabía que era, pero a  convicción y sentir, nunca apostó ni siquiera una gota de la saliva de la que, por angustia, tragaba.

La luz se fue apagando, el puntito haciéndose más pequeño, los sueños deslizándose cada vez más cerca de la amarga realidad. Las aspiraciones empequeñeciendo, las excusas apareciendo. Sobrevivir a la vida, el lema que empezó a despertar a esa intermitente bestia negra alzada a cuatro patas, y hasta a dos en una irreal ocasión. A un lobo se asemejaba, más no supo darle forma hasta más tarde. La misma imagen de la muerte.

Qué oscuro todo. ¡Cuánta miseria y sin sabores! Qué desagradecido a la vida. ¿Olvido cómo cantan los canarios? ¿Acaso no le quedó a fuego el cariño de ese hombre que tan poco conoció? ¡Las monedas rodando! ¡El sol de los domingos! ¿Qué pasó con las historias de héroes en las tardes de culo en suelo frío? ¡El fútbol y los amigos! Los olores, los sentimientos, las sensaciones. Dónde está todo aquello que habrá olvidado este desmemoriado desagradecido. Tras las brumas está, tras las brumas sigue. ¡Calienta la sangre el aire de tus pulmones!, ¡sóplalo con la fuerza de tu añoranza!, ¡dispersa el rocío!, ¡acaba con la niebla!, ¡contempla tu pasado! Agárrate, agárrate fuerte.

Debemos honrar ahora a ese niño rubio de pozos negros por ojos. La inocencia pura, el primero de nosotros. Médium de sueños, fantasías y alegría. Resistiendo como el más fuerte de los hombres, él nos deja el testigo. Devolvámosle lo que es suyo. Aprovechemos su energía. ¡Devolvámosle por Dios su lengua, su voz, su esperanza, su brillo!

¿Tú lo amas? Yo. Yo lo amo. 


"Está entrada la noche, el día se acerca.
Despojémonos pues de las obras de las tinieblas,
Y revistamos las armas de la luz."
Romanos, XIII,12

domingo, 9 de marzo de 2014

Tómatelo con calma


No es novedad ya que soy una persona que no goza de la necesaria cualidad de la paciencia. Con sus matices, claro. Porque en mí no es nada tan absoluto; bueno, ni en mí ni en nada. Me refiero a que, como en casi todo, no tengo (o tengo) mucho de lo mismo para algo y nada para otro algo. Soy paciente para unas cosas, pero para otras soy incontrolable, incapaz de quedarme en calma esperando (o confiando).
Supongo que ésto se vuelve a reducir a lo mismo de siempre, la capacidad o incapacidad para mantener el control cuando las circunstancias son desfavorables para ello. Cuando sientes esa presión de angustia o miedo; miedo de cualquier tipo. Y aquí se incluye la necesidad, el hambre a saciar, los vacíos a rellenar. Miedo a sentir a tu estómago quejarse tan desesperada y agónicamente que te puede y te domina, que te hace echar a correr desesperado, descontrolado. A eso me refiero.

Entonces es cuando te pierdes de nuevo. O crees estar muy perdido, porque cuando estás extasiado corriendo como loco para todos lados, no hay forma de poder pensar en otra cosa, no hay forma de recordar lo que tan claro tienes en otros momentos. Y es que mi problema es de memoria, y nada más. Que no me paro a pensar, porque ando descontrolado. Al menos, en momentos como estos en los que escribo, casi siempre abatido, puedo verlo todo con más claridad. O quizás no, o quizás, precisamente estos momentos en los que creo estar firmemente plantado observando el firmamento al detalle, sean en los que verdaderamente esté asustado, huyendo y acorralado. Porque la bomba de sentimientos y pensamientos que soy me vuelven a colocar en el rol de ser humano. Demasiado humano.

domingo, 23 de febrero de 2014

Y así es.


1. Lo primero es levantarse. Haz caso al despertador, aunque te robe fuerzas.
2. Arriesgar sí, malgastar no.
3. No esperes nada de cualquier cosa que no dependa directamente de tus actos.
4. No temas mostrar necesidades básicas. Eres humano.
5. No te impacientes, no desesperes. No te precipites.
6. Si haces algo, no dudes, no titubees.
7. Intensidad.
8. Controla tu mal humor.
9. Hay que hacer sacrificios. Hónralos.
10. Al miedo solo se le vence mirándolo a los ojos. No te evadas.
11. No te conformes. No mendigues.
12. Nada de excusas.
13. Evita las distracciones y las tentaciones dañinas.
14. Tranquilízate.
15. Mantén pequeños hábitos disciplinarios.
16. Todo el mundo sangra.
17. Sin amor propio, no hay amor.
18. No puedes escapar al fracaso, no puedes escapar a la muerte.
19. No temas pedir, no temas merecer. No rehuyas la responsabilidad.
20. No intentes impresionar, lucha.
21. Muestra afecto.
22. No te martirices innecesariamente. No todo es culpa tuya.
23. Que no te avergüence mostrar interés.
24. No te lamentes.
25. Lo que importa es el Camino.
26. Desahógate.
27. Equilibrio.

sábado, 25 de enero de 2014

Casi indescriptible


Lo de hoy no tiene precedente. Me desvié del camino, eso está más que claro. Tanto que se vio afectada mi percepción y hasta mi fisiología mental. Más de lo que nunca pude imaginar. Esta vez si que me he sentido al borde de la locura. Y no, ya no es un decir, ya no son palabras vacías o una forma de hablar. Estoy hablando de cuadro clínico.

Angustia. Paranoia. Sentir que se me está olvidando algo a casa paso. Ansiedad. Que se repita todo una y otra vez, como el Día de la Marmota. Confusión. Fobia social. Imposibilidad de concentración. Saturación mental. Apatía ante situaciones peligrosas o catastróficas. Sensibilidad a ruidos, luces, olores. Como cuando te mareas, que te sientes en otra dimensión, oyes las voces y el mundo que te rodea lejano. Contraproducente y contradictorio. En otra dimensión. Y parar en el arcén a vomitar, como única solución para seguir ligado a la realidad.

E intentas volver, volver, volver, volver, volver a la realidad. Y hablas en voz alta. 

Ahora entiendo cuando los médicos en las películas hablan de que "está luchando por su vida". Lo complicado no es luchar, es ser consciente de que tienes que hacerlo, de que te estás yendo. Lejos de la vida, de este mundo. Te pierdes en el limbo, porque antes te has perdido a ti mismo. Un camino que tanto tiempo buscaste y que recientemente encontraste. Y ahora te desvías, te revuelca y desorienta eso que siempre creíste tener controlado. ¿Cómo ibas a sucumbir tú a tu propia inteligencia y poder? Tú no eras así, tú no caerías en esa corruptela de manual. Entre tus problemas no estaba ése. 

No sé si ha sido un cúmulo de circunstancias a pleno rendimiento, o producto del estrés acumulado. No sé si tenga que ver con problemas arrastrados. Premoniciones e intuiciones. No sé si ha sido el cansancio, el sueño, o un café triple añadido. Lo que sí sé es que lo siento, por los que no lo merecen o no sé si lo merecen. Pero tengo que librarme de la carga. Y puede que sea un arrebato, puede que me arrepienta. Porque no sé si mis actos, incluido éste, son buenos. Pero algo me dice, que lo de hoy significa, a pesar de todo, algo bueno.

Y aquí me agarro, a mis letras, a mis pensamientos. Como mejor método para volver a la realidad. Que en una pausa de cinco minutos reflexiono y estoy de vuelta, y ya no me parece buena idea hacer limpieza. Ya vuelvo a sentirme esperanzado, con fuerzas suficientes para abarcar todo, para aspirar al diez. Pero, ¿y si ésto es realmente el problema? ¿O es buscar la reacción para que el mundo vuelva a mí?

Maldita sea, por qué no gozo del don de la prudencia. ¿Me falta amor propio?

Es todo lo contrario a lo que he dicho. Ya no me explico, ya no me entiendo de nuevo. Sé que nadie entenderá nada de esto. Por eso, aunque no esté seguro si negro o blanco o gris, probaré una acción nueva.

Siento si me voy. Pero siempre he estado y estaré. Perdón por sentirlo, no lo volveré a hacer. Allá voy, vuelo más que el propio viento, vuela tú hacia mi perdón. 

Entíéndeme. Lo harás justo después de que lo haga yo.









domingo, 5 de enero de 2014

Un pequeño inciso.



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Cuando las personas se separan de tu vida, se te hacen lejanas. Acabas viendo palabras, expresiones e incluso gestos en ellas que se te hacen ajenas. Se hacen monótonas e incluso vulgares. Como las que dice todo el mundo, como quien llama a tu puerta con disimulo, sin querer que salgas a recibirle. Corazones cerrados a cal y canto, flotando en el limbo de las adormideras, que son los objetivos y el fluir de una realidad que no cuenta con que pinten nada en ella. Que excluye a la persona, y a su verdadero yo. 
Como si te las hubiesen arrancado del todo de la vida. Como si te hubiesen robado algo que te pertenecía. Lo dicho, corazón cerrado. Cerrado a mí.

Es lo normal, no hay nada raro en esto. Es ley de vida, no sé de qué me quejo. Que no es que lo haga. Pero siento que me abate darme cuenta de esas cosas. Como si mi corazón aún siguiese observando, con la mirada puesta atrás, latiendo con gotas de sangre del pasado. Más vivo, más rojo, más grande y delicado. Como una bomba, apunto de estallar. Aunque a veces llora. A veces se queda largos tiempos sin decir palabra. Mudo.

Pero nunca escupe... Él sabe amar las pérdidas, él sabe reconocer que, aunque solo fuese cosa suya, aunque haya sido olvidado, sucedió. Y ahora es parte de él, de su luto. De, como he dicho, su propia sangre. Esa sangre, que espera derramar hacia atrás y hacia delante en el tiempo. Revivir o morir, pero ambos verbos, por algo grande. Algo mutuo. 

Porque cuando se abran las puertas, yo también seré realidad; aquella realidad que fue. Ahora solo soy, como tú, un corazón ajeno y cerrado. Cerrado a ti. Latiendo con las gotas de quien para mí fuiste. Y ya no está, ya murió.


A las cosas que se fueron, al los sentimientos criogenizados... (Desde mis sensaciones)

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Tras meses hurgando en mi alma, vuelvo a la acción.