Qué fácil era para él imaginarlo
en su cabeza. Siempre había sido un soñador, y los rubores del rostro
maquillado por lo efímero de ese bello fluir, nunca terminaban de arder sobre
el papel. Sobre la realidad. El niño que fue, había nacido fruto de sus
características innatas, que no al contrario. Y ahí se quedó, preso de ellas.
Todo se complicó tanto adentro,
que afuera empezaron a escucharse murmullos intrigantes, de esos que traman
historias que no quieres oír, de esos que te acongojan hasta colocarte en una
dimensión paralela, montura en merma de movilidad, oídos desacoplados, corazón
expandido en la tráquea. Murmullos que se convierte en los ladridos de tu
propia jauría de inseguridades. Que no puedes ignorarlos, que te empujan más
profundo, pero con la vista puesta en la puerta de salida. En este caso, de
entrada.
Qué complicado es cuando vas a
ciegas. Aquel niño no tenía bastón ni perro lazarillo. Tenía temblores y
escalofríos, tenía suelo blando y piedras duras. Un camino de incertidumbre y
un puntito de luz eterna. Una luz que venía reflejada desde la misma materia que
lo conformaba como persona. La persona que por lógica sabía que era, pero a convicción y sentir, nunca apostó ni siquiera
una gota de la saliva de la que, por angustia, tragaba.
La luz se fue apagando, el
puntito haciéndose más pequeño, los sueños deslizándose cada vez más cerca de
la amarga realidad. Las aspiraciones empequeñeciendo, las excusas apareciendo.
Sobrevivir a la vida, el lema que empezó a despertar a esa intermitente bestia
negra alzada a cuatro patas, y hasta a dos en una irreal ocasión. A un lobo se
asemejaba, más no supo darle forma hasta más tarde. La misma imagen de la
muerte.
Qué oscuro todo. ¡Cuánta miseria
y sin sabores! Qué desagradecido a la vida. ¿Olvido cómo cantan los canarios?
¿Acaso no le quedó a fuego el cariño de ese hombre que tan poco conoció? ¡Las
monedas rodando! ¡El sol de los domingos! ¿Qué pasó con las historias de héroes
en las tardes de culo en suelo frío? ¡El fútbol y los amigos! Los olores, los
sentimientos, las sensaciones. Dónde está todo aquello que habrá olvidado este
desmemoriado desagradecido. Tras las brumas está, tras las brumas sigue. ¡Calienta
la sangre el aire de tus pulmones!, ¡sóplalo con la fuerza de tu añoranza!, ¡dispersa
el rocío!, ¡acaba con la niebla!, ¡contempla tu pasado! Agárrate, agárrate
fuerte.
Debemos honrar ahora a ese niño rubio
de pozos negros por ojos. La inocencia pura, el primero de nosotros. Médium de
sueños, fantasías y alegría. Resistiendo como el más fuerte de los hombres, él
nos deja el testigo. Devolvámosle lo que es suyo. Aprovechemos su energía. ¡Devolvámosle
por Dios su lengua, su voz, su esperanza, su brillo!
¿Tú lo amas? Yo. Yo lo amo.
Despojémonos pues de las obras de las tinieblas,
Y revistamos las armas de la luz."
Romanos, XIII,12

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