miércoles, 15 de abril de 2020

Espero. Qué espero.


Leo por encima una entrada de éste, mi antiguo(?) blog, y enseguida caigo en la cuenta de ese estilo propio lleno de palabrejas y retahílas de adjetivos.

Mi estilo ha cambiado mucho desde entonces. Y yo también. Algo que no ha cambiado, sin embargo, es que casi siempre reaparezco por aquí cuando las cosas no van demasiado bien.

Hoy, día 15 de abril de 2020, me han encontrado un tumor maligno. Tengo cáncer.

No sé lo que conservo de todos mis antiguos yos. Pero lo que sí es seguro, es que nunca volveré a ser el mismo.

Para bien. Espero.

Juan Gabriel

jueves, 1 de junio de 2017

Baldosas

Suena levemente,
suena a distracción;
nadie sabría si es el relente,
de unas circunstancias en conmoción.



Uno que lee a Becquer,
así, por sin ton ni son;
luego prende estropicio a la métrica,
al estilo y al rigor;
solo queda desgarr-arte,
puesto en manos de la pasión.



Suena nuevamente,
ahora por contradicción;
que se congela y se prende,
aunque siempre quema en frustración;



Se pone firme en su mirada,
cuello al frente, sujételo;
otra vez que se remienda,
ahora ni una sonrisa ni atención;
¡¡ya le falta otra vez la vida!!,
deje paso, tráguelo.



Viene él ya convencido,
a los catorce se trasladó,
tiernos años adolescentes,
sobre todo para el inocente amor.



Ya no mide, como dije,
ni métrica ni exageración;
se le escapa de las manos,
pero eso sí, mínimo ocho son,
las baldosas que le quedan,
entre su puerta y el valor,
entre una y cinco más de ellas,
allá, su margen de ambición.



De plomo se llena,
bola hunde hacia el estómago;
quieta densa y, ¡¡late!!;
joder, resulta que queriendo estoy,
¡¡vomitar mi corazón!!.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Vomitar.



Hace ya bastante tiempo que no recurro a las letras para canjear por desahogo esa bola densa y oscura que se forma en la boca del estómago. Como un buen desarrollo de motor, parece que he aprendido a reducir los residuos y las emisiones, o a, simplemente, liberarlos de otra forma y por otro lugar. Puede ser, quizás, que tampoco me fue demasiado mal.

Esa sensación es como el hambre, pero al revés. Como una chaqueta reversible. Reversible de necesidades, al fin y al cabo. Como si en vez de meter adentro, tuvieses que expulsar hacia fuera. Es como lo que necesitas dar, lo que necesitas meter dentro del mundo. Y hay un tapón, una gran congestión. Todo te asfixia dentro. Y ya ni queda ojo limpio para ver.

Suerte que si algo me ha dado la vida, es un par de ojos alternativos. En los que no confío, lo admito. Los que no sé si uso o he usado en alguna ocasión. Pero qué importa eso ahora. Cada día que pasa importa menos. La fe se convierte en algo obligatorio, vital. La única alternativa, la única salida. Usar esos ojos, por imposición.

Hacer algo como única opción no te convierte en un valiente. No te convierte en dueño de tus decisiones, o de tu porvenir. Cuando la necesidad aparece en escena, no quedan focos en el escenario. Como el que reza ante la muerte.

Y aquí me hallo de nuevo. Ya no importa ser valiente, ya ni siquiera importa ser inteligente. Todo tiene su precio. El precio, que no tiene por qué tener valor. ¿Quién sabe en qué número se cuentan los diferentes caminos? ¿Quién sabe si de verdad empuño a conciencia la opción? ¿Quién sabe si eso realmente importa?

¿Quién sabe si esto va de vomitar o de tragar? La vida. De óxido y hierro, rechazos como yunques.





"Nada le es más desagradable a un hombre que
tomar el camino que conduce a sí mismo".
Demian. Hermann Hesse.

sábado, 12 de julio de 2014

Es estos tiempos.


En estos tiempos que corren, donde el marketing, las comunicaciones, el diseño y la estética son el foco hacia el cual se dirigen nuestras miradas, donde la competencia económica, intelectual y posicional se ha vuelto feroz, y donde la mayoría se agarra al "sálvese quien pueda", no está demás reflexionar acerca del camino que queremos que tome nuestra conducta y nuestro propio ser.

Ya no basta con tener una buena idea, ya no basta con destacar; pues de sobra es sabido que siempre habrá alguien con una mejor idea, alguien que destacará por encima. Todos queremos lo máximo a lo que podemos aspirar según los términos en los que nos definimos y el lugar en el que nos encasillamos. No nos importa el porqué, no nos importa si tiene más sentido que el de la mera supervivencia de nuestra vanidad y de esos vacíos a llenar reflejados con forma de envidias y ego. 
En un mundo donde todo va excesivamente deprisa, donde todo el mundo sabe de todo, donde las bellezas deslumbran, donde los talentos abruman, donde ya no tenemos tiempo para pararnos a meditar más allá de la forma en la que saldremos del paso de esta vida que nos empuja y empuja al agujero de lo superfluo. Cuando nos convertimos en copias de copias, cuando caminamos en la misma dirección y en ninguna a la misma vez, es difícil sentarse a pensar sin que el miedo de la prisa y la necesidad te devore. Y todo es tan sublime, y todo es tan igual. Vacío, cuando lo observas a cámara lenta.

En estos tiempos que corren, he llegado a la conclusión de que el único camino es el camino de la excelencia, el camino de la virtud trágica, en el que se es fanático de la fidelidad. En el que se acepta que no eres nada, y en el que pretendes sentir la grandeza de tu cometido. Férreo, estricto, inamovible. Y a la vez, a la vez ser tan dúctil como el agua, tan intrépido como el viento, tan intenso como el fuego.


Éste, este es el camino del guerrero.

martes, 15 de abril de 2014

(1) El Niño.




Qué fácil era para él imaginarlo en su cabeza. Siempre había sido un soñador, y los rubores del rostro maquillado por lo efímero de ese bello fluir, nunca terminaban de arder sobre el papel. Sobre la realidad. El niño que fue, había nacido fruto de sus características innatas, que no al contrario. Y ahí se quedó, preso de ellas.

Todo se complicó tanto adentro, que afuera empezaron a escucharse murmullos intrigantes, de esos que traman historias que no quieres oír, de esos que te acongojan hasta colocarte en una dimensión paralela, montura en merma de movilidad, oídos desacoplados, corazón expandido en la tráquea. Murmullos que se convierte en los ladridos de tu propia jauría de inseguridades. Que no puedes ignorarlos, que te empujan más profundo, pero con la vista puesta en la puerta de salida. En este caso, de entrada.

Qué complicado es cuando vas a ciegas. Aquel niño no tenía bastón ni perro lazarillo. Tenía temblores y escalofríos, tenía suelo blando y piedras duras. Un camino de incertidumbre y un puntito de luz eterna. Una luz que venía reflejada desde la misma materia que lo conformaba como persona. La persona que por lógica sabía que era, pero a  convicción y sentir, nunca apostó ni siquiera una gota de la saliva de la que, por angustia, tragaba.

La luz se fue apagando, el puntito haciéndose más pequeño, los sueños deslizándose cada vez más cerca de la amarga realidad. Las aspiraciones empequeñeciendo, las excusas apareciendo. Sobrevivir a la vida, el lema que empezó a despertar a esa intermitente bestia negra alzada a cuatro patas, y hasta a dos en una irreal ocasión. A un lobo se asemejaba, más no supo darle forma hasta más tarde. La misma imagen de la muerte.

Qué oscuro todo. ¡Cuánta miseria y sin sabores! Qué desagradecido a la vida. ¿Olvido cómo cantan los canarios? ¿Acaso no le quedó a fuego el cariño de ese hombre que tan poco conoció? ¡Las monedas rodando! ¡El sol de los domingos! ¿Qué pasó con las historias de héroes en las tardes de culo en suelo frío? ¡El fútbol y los amigos! Los olores, los sentimientos, las sensaciones. Dónde está todo aquello que habrá olvidado este desmemoriado desagradecido. Tras las brumas está, tras las brumas sigue. ¡Calienta la sangre el aire de tus pulmones!, ¡sóplalo con la fuerza de tu añoranza!, ¡dispersa el rocío!, ¡acaba con la niebla!, ¡contempla tu pasado! Agárrate, agárrate fuerte.

Debemos honrar ahora a ese niño rubio de pozos negros por ojos. La inocencia pura, el primero de nosotros. Médium de sueños, fantasías y alegría. Resistiendo como el más fuerte de los hombres, él nos deja el testigo. Devolvámosle lo que es suyo. Aprovechemos su energía. ¡Devolvámosle por Dios su lengua, su voz, su esperanza, su brillo!

¿Tú lo amas? Yo. Yo lo amo. 


"Está entrada la noche, el día se acerca.
Despojémonos pues de las obras de las tinieblas,
Y revistamos las armas de la luz."
Romanos, XIII,12

domingo, 9 de marzo de 2014

Tómatelo con calma


No es novedad ya que soy una persona que no goza de la necesaria cualidad de la paciencia. Con sus matices, claro. Porque en mí no es nada tan absoluto; bueno, ni en mí ni en nada. Me refiero a que, como en casi todo, no tengo (o tengo) mucho de lo mismo para algo y nada para otro algo. Soy paciente para unas cosas, pero para otras soy incontrolable, incapaz de quedarme en calma esperando (o confiando).
Supongo que ésto se vuelve a reducir a lo mismo de siempre, la capacidad o incapacidad para mantener el control cuando las circunstancias son desfavorables para ello. Cuando sientes esa presión de angustia o miedo; miedo de cualquier tipo. Y aquí se incluye la necesidad, el hambre a saciar, los vacíos a rellenar. Miedo a sentir a tu estómago quejarse tan desesperada y agónicamente que te puede y te domina, que te hace echar a correr desesperado, descontrolado. A eso me refiero.

Entonces es cuando te pierdes de nuevo. O crees estar muy perdido, porque cuando estás extasiado corriendo como loco para todos lados, no hay forma de poder pensar en otra cosa, no hay forma de recordar lo que tan claro tienes en otros momentos. Y es que mi problema es de memoria, y nada más. Que no me paro a pensar, porque ando descontrolado. Al menos, en momentos como estos en los que escribo, casi siempre abatido, puedo verlo todo con más claridad. O quizás no, o quizás, precisamente estos momentos en los que creo estar firmemente plantado observando el firmamento al detalle, sean en los que verdaderamente esté asustado, huyendo y acorralado. Porque la bomba de sentimientos y pensamientos que soy me vuelven a colocar en el rol de ser humano. Demasiado humano.

domingo, 23 de febrero de 2014

Y así es.


1. Lo primero es levantarse. Haz caso al despertador, aunque te robe fuerzas.
2. Arriesgar sí, malgastar no.
3. No esperes nada de cualquier cosa que no dependa directamente de tus actos.
4. No temas mostrar necesidades básicas. Eres humano.
5. No te impacientes, no desesperes. No te precipites.
6. Si haces algo, no dudes, no titubees.
7. Intensidad.
8. Controla tu mal humor.
9. Hay que hacer sacrificios. Hónralos.
10. Al miedo solo se le vence mirándolo a los ojos. No te evadas.
11. No te conformes. No mendigues.
12. Nada de excusas.
13. Evita las distracciones y las tentaciones dañinas.
14. Tranquilízate.
15. Mantén pequeños hábitos disciplinarios.
16. Todo el mundo sangra.
17. Sin amor propio, no hay amor.
18. No puedes escapar al fracaso, no puedes escapar a la muerte.
19. No temas pedir, no temas merecer. No rehuyas la responsabilidad.
20. No intentes impresionar, lucha.
21. Muestra afecto.
22. No te martirices innecesariamente. No todo es culpa tuya.
23. Que no te avergüence mostrar interés.
24. No te lamentes.
25. Lo que importa es el Camino.
26. Desahógate.
27. Equilibrio.