Esta tarde, justo después de regresar del cementerio, salí a correr. Eran apenas las cinco y media. Bajaba por las calles de mi barrio hacía la "Vía Verde", el lugar donde habitualmente corro, una antigua red de ferrocarril rehabilitada y adaptada para uso deportivo. Y entre olores y sensaciones me deslicé hasta mi niñez en lo que tardan unos pulmones en llenarse del aire de la vida.
Hoy ha hecho una estupenda temperatura, un estupendo día; de esos que hacen que no puedas distinguir el otoño de la primavera, (salvo por los árboles sin hojas), de esos días a caballo entre épocas que parecen estar al margen del tiempo, como si fuesen eternos e inamovibles. Como una burbuja aparte de todo, un fortín de agradable nostalgia.
Como ya he dicho, caía temprana la tarde, era "la hora de la siesta", como dicen las madres y las abuelas; esas horas para descansar, estar tranquilos y no armar mucho ruido mientras se suceden intratables las telenovelas. Esas horas en las que solía salir a la calle cuando era niño a dar patadas a un balón o a cualquier cosa que se le pareciera, a jugar o inventar quién sabe si una trastada improvisada o a surfear sobre nuestras efervescentes mentes. En definitiva, a hacer cualquier cosa, a vivir de la inocencia. Aunque mi madre dijese aquello de: "dónde vas a la hora de la siesta con la comida en la boca, ¡no son horas!".
Y es que la tarde de este día ha sido como las de antaño; los grados justos para percibir todos los olores de unas calles secas y tranquilas como el aire del lugar, silencio y una soledad con un leve toque intrigante que se deshace como un pequeño "nudito" en el estómago. Qué paz, qué serenidad, qué inmensamente agradable ha sido transportarme tantos años atrás. Recordar esos lugares, esos rinconcitos inundados de nostalgia. El parque, "las eras", el portal de mi bloque, el bloque de Antonio, la callecita de la abuela de Paco, el arroyo, las pistas del colegio... ¡Oh!, ¡las pistas!, ¡el colegio!, esos saltos de verjas, esas aventuras... Demasiado para trasmitir amigos, demasiado para haceros entender lo que siento; tendríais que ser yo. ¡La pelota amarilla que tanto nos duró! Cómo me cuesta parar de recordar...
Y morir la tarde en la puesta de sol, el frío y el cansancio en los huesos. Regresar a casa con esa sensación de suciedad sana, deseando descansar. Hasta eso era digno de disfrutar y vivir. Y así he regresado de corre, mientras caía la noche, respirando de nuevo ese niño que aún llevo dentro. Agradecido de, a pesar de otras cosas, haber vivido la niñez que viví, que me hacen ser hoy un hombre en paz.
Ahora hay otros miedos diferentes, otras intrigas que solventar, otros caminos por los que madurar. Pero a pesar de todo, hoy no hay lugar para la queja. Es la luz iluminando mi alma. Sabedor soy de que está ahí, por muchos nubarrones que la mermen.
PDT: Todavía intento averiguar quién quiere un hijo mío con cada entrada.
Y....muchas tantas cosas más en el tintero...