martes, 29 de enero de 2013

Olores de niñez

Esta tarde, justo después de regresar del cementerio, salí a correr. Eran apenas las cinco y media. Bajaba por las calles de mi barrio hacía la "Vía Verde", el lugar donde habitualmente corro, una antigua red de ferrocarril rehabilitada y adaptada para uso deportivo. Y entre olores y sensaciones me deslicé hasta mi niñez en lo que tardan unos pulmones en llenarse del aire de la vida.  

Hoy ha hecho una estupenda temperatura, un estupendo día; de esos que hacen que no puedas distinguir el otoño de la primavera, (salvo por los árboles sin hojas), de esos días a caballo entre épocas que parecen estar al margen del tiempo, como si fuesen eternos e inamovibles. Como una burbuja aparte de todo, un fortín de agradable nostalgia.
Como ya he dicho, caía temprana la tarde, era "la hora de la siesta", como dicen las madres y las abuelas; esas horas para descansar, estar tranquilos y no armar mucho ruido mientras se suceden intratables las telenovelas. Esas horas en las que solía salir a la calle cuando era niño a dar patadas a un balón o a cualquier cosa que se le pareciera, a jugar o inventar quién sabe si una trastada improvisada o a surfear sobre nuestras efervescentes mentes. En definitiva, a hacer cualquier cosa, a vivir de la inocencia. Aunque mi madre dijese aquello de: "dónde vas a la hora de la siesta con la comida en la boca, ¡no son horas!".
Y es que la tarde de este día ha sido como las de antaño; los grados justos para percibir todos los olores de unas calles secas y tranquilas como el aire del lugar, silencio y una soledad con un leve toque intrigante que se deshace como un pequeño "nudito" en el estómago. Qué paz, qué serenidad, qué inmensamente agradable ha sido transportarme tantos años atrás. Recordar esos lugares, esos rinconcitos inundados de nostalgia. El parque, "las eras", el portal de mi bloque, el bloque de Antonio, la callecita de la abuela de Paco, el arroyo, las pistas del colegio... ¡Oh!, ¡las pistas!, ¡el colegio!, esos saltos de verjas, esas aventuras... Demasiado para trasmitir amigos, demasiado para haceros entender lo que siento; tendríais que ser yo. ¡La pelota amarilla que tanto nos duró! Cómo me cuesta parar de recordar...
Y morir la tarde en la puesta de sol, el frío y el cansancio en los huesos. Regresar a casa con esa sensación de suciedad sana, deseando descansar. Hasta eso era digno de disfrutar y vivir. Y así he regresado de corre, mientras caía la noche, respirando de nuevo ese niño que aún llevo dentro. Agradecido de, a pesar de otras cosas, haber vivido la niñez que viví, que me hacen ser hoy un hombre en paz.

Ahora hay otros miedos diferentes, otras intrigas que solventar, otros caminos por los que madurar. Pero a pesar de todo, hoy no hay lugar para la queja. Es la luz iluminando mi alma. Sabedor soy de que está ahí, por muchos nubarrones que la mermen.

PDT: Todavía intento averiguar quién quiere un hijo mío con cada entrada.




Y....muchas tantas cosas más en el tintero...














jueves, 24 de enero de 2013

El menosprecio y otras reflexiones paralelas

¿Cómo sabes cuando le interesas realmente a una persona?, ¿qué es el interés?, ¿es el "por el interés te quiero Andrés", o es ese tipo de interés que está implícito en las "sanas" relaciones humanas y el cual toleramos? A ese segundo tipo lo voy a llamar "necesidad". Porque necesitamos (válgame la redundancia), ser necesitados. O, al menos, lo necesitan las personas (que no psicópatas) que no han alcanzado total madurez y equilibrio en su relación consigo mismo. Bastantes, por cierto. Así que generalizaré; lo siento por ti, Dalái Lama.

Supongamos que, en un acto egoísta, alguien utiliza a alguien; manipula para conseguir de esa persona algo, lo utiliza como un peón en su partida hacia un determinado objetivo personal. Supongamos también que lo que toma o necesita de esa persona son cosas meramente físicas o materiales; una ayuda con una mudanza, dinero, contactos laborales, etc. 
Ahora, por otro lado, supongamos que alguien utiliza a alguien. Pero esta vez tomará de esa persona algo menos material o superficial. La utilizará para disfrutar de una tarde entretenida, para sentirse cómodo y valorado, para mitigar su soledad, etc.
¿Cuál preferíais para ser utilizados? ¿Se aprecian diferencias entre los dos casos?
Sí, claramente. Quien diga que no es que le quiere dar otra vuelta de tuerca al asunto o, simplemente, tocar las narices.
Yo voy a ser ese alguien, esa mosca cojonera, ese capullo que intentará amargarte el día, contarte que tan banales y egoístas son las personas. Intentaré que te calientes la cabeza y busques una explicación, un motivo, que tengas dudas, miedos, que valores la posibilidad de ser tan mezquino como el mundo lo es contigo. Pero para hacerlo no voy a limitarme a ignorar las diferencias entre los dos casos anteriormente expuestos, no. Voy a intentar encontrar un nexo de unión, difuminar y estirar sus fronteras, creando así un camino intemedio, por el cual caminar hacia la pérdida en el caos.

Tercer caso: sexo, y el entretenimiento.
Hay muchas personas que se siente mal al saber que han sido manipuladas/utilizadas para tener sexo. Pequeño inciso: hablo de manipular, como podría hablar de utilizar, pero no tiene porqué ser lo mismo. 
Volviendo al tema. Otras personas no se sienten mal al ser utilizadas para fines meramente sexuales, es más, hasta les gusta; se sienten valoradas de alguna forma. Aunque por otra parte, y ya que hablo de sexo como máximo exponente del entretenimiento, no puedo evitar tener que hablar de las demás clases de entretenimiento, incluidas las de tipo más emocional. Son aquellas en las que una persona utiliza a alguien para no aburrirse, no sentirse solo, alimentar su ego, etc., por ejemplo. Y ese tipo de acciones vienen acompañadas en este caso con la intención de no preocuparse por la persona objeto de su disfrute más allá de la preocupación que se tiene por una simple herramienta que te resulta útil.

¿Es lo mismo utilizar que manipular? Nuestro rechazo con/para la manipulación viene dado por nuestras carencias, en lo que flaqueamos, en lo que nuestra autoestima es baja. Alguien que está utilizando a alguien al fin y al cabo siempre aporta también algo, ofrece algo, aunque solo sea su tiempo y artes de manipulación, o lo que está dispuesto a ofrecer o sacrificar para la obtención de su objetivo. Pero por eso mismo, el manipulador es el que decide y elige lo que "intercambia"; es el que engaña, no el engañado. Dar gato por liebre, he ahí la cuestión. Tan simple como eso y tanta parrafada barata para llegar a esto. A veces pienso muy seriamente que soy subnormal; con todo mis respetos a los subnormales. La vida es más simple, pero a ver quien me lo mete a mí en la cabeza con este puerto de entrada que no es ni USB ni ninguno estandar o normalizado por el que puedan enchufarme algo (y no admito chistes fáciles sobre lo de enchufarme algo).

Generalmente se tiende a querer dar de lo mismo que se quiere recibir, es como jugar con la misma moneda, con las mismas reglas del juego; sentir que puedes ponerle precio tangible, cuantificarlo, así te sientes más seguro. 
Elegir, dejar elegir, saber que estás eligiendo tú, de eso depende. Cada cual elige qué vende y por cuánto lo vende. Por eso hay tantos tipos de personas y las relaciones entre ellas se hacen tan variadas y complejas. Así que supongo que no hay que darle más vueltas al asunto y simplemente sentirse bien en ese intercambio. Como cuando haces una buena compra. Pero lo más importante es sentirse bien con uno mismo, es el primer paso.
Todo se limita a una elección, pero los cobardes se pierden por caminos paralelos para no tener que afrontar decidir. Porque elegir es sacrificar.

Si cuando alguien no te necesita o abandona, tendrás la señal para saber si te ha querido y valorado más allá de sus necesidades y tus aportes. Y para redimirme frente al Dalái Lama, aquí va una frase suya que viene a resumir gran parte de esta entrada: "A quien amas, dale alas para volar, raíces para volver y razones para quedarse".

Paso uno: me planteo un problema; paso dos: lo voy desarrollando; paso tres: después de un largo y tortuoso camino por los recovecos de mi retorcida e ineficiente mente llego a una conclusión muy simple; paso cuatro: me siento gilipollas. 












lunes, 7 de enero de 2013

Crisis. De sensaciones.

¿Qué queremos? ¿Qué buscamos? ¿Qué nos complementa? ¿Qué necesitamos?
Vacíos reconocibles, palpables, sentidos. Son los que nos emocionan, nos deprimen y hacen pensar. Y como espada de doble filo, los abismos siempre están ahí preparados a que equivoques el pie de sitio.

Llegado a este punto, y habiendo dicho a alguien hace poco que quizás escriba para desfogar ego, me encuentro en la encrucijada de ser completamente sincero o guardar de mis debilidades al extraño. Porque, por un lado, ésto confronta con el manual del buen guerrero, o, al menos, del inteligente.



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Supongo, que no soy buen guerrero.  

O soy un fanático descerebrado. O es que tengo demasiadas reacciones químicas achicarrándome el organismo; eso a los que algunos ilusos llaman "corazón". Pero guárdate de intuir, tú que me lees. Tenga piedad todo mi visitante; aunque si piedad quisiera, no me expondría en este arrojo desesperado disparado por el turbio caos de mi alma.

Generalmente siempre que superamos algo o nos libramos de una caída, nos vanagloriamos del milagro de nuestra suerte. El alivio que causa hace que nos olvidemos de que en realidad no hemos ganado más que un poco de tiempo, pero nada de fortaleza, habilidad o sabiduría. Sobrevivir; el más esencial de los instintos, y el más engañoso a mi parecer. Pero te otorga una oportunidad más, una esperanza. Sin embargo, no todo el mundo sabe apreciarlo.
Y bien se sabe que el salvavidas que te lanza el ego es sin duda el más engañoso y dañino de los fantasiosos alivios de esta vida. Ése que se alimenta de la necesidad personal. Ése que te dice que la luz te la dan las lámparas del mundo exterior, que no eres tú mismo el foco emisor. Que buscas y encuentras, que corres y que huyes, que nadas y te ahogas, que respiras y le escupes a tu más innata esencial. Un paso atrás, lleno de saltos en caminos y senderos desconocidos, aquéllos que no ves por la espesura de la niebla; pero que acompañan a cada uno de los sentimientos y momentos que caminan sobre la topografía de tu vida, esperando ansiosos de ser beneplácito de tu nuevo paso. 

Todo ésto me hace pensar que quizás camines, aprendas, sientas y disfrutes más de lo que la confusión te permite. Pero que enlazarás tus partes conforme se acerque la mañana. Éso es lo que a mí me da esperanza. Qué como círculo vicioso, me hace sentir que la pesada carga que deja sobre mi estómago la maldita nostalgia, es más soportable. Porque quiero más, quiero llenar mi infinito, de restos de tus segundos, vida. 

Y después de lo último, que es lo penúltimo, se dicta que siempre estoy equivocado.

Ya lo has conseguido. Ya no quieres nada de mí.