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Cuando las personas se separan de tu vida, se te hacen lejanas. Acabas viendo palabras, expresiones e incluso gestos en ellas que se te hacen ajenas. Se hacen monótonas e incluso vulgares. Como las que dice todo el mundo, como quien llama a tu puerta con disimulo, sin querer que salgas a recibirle. Corazones cerrados a cal y canto, flotando en el limbo de las adormideras, que son los objetivos y el fluir de una realidad que no cuenta con que pinten nada en ella. Que excluye a la persona, y a su verdadero yo.
Como si te las hubiesen arrancado del todo de la vida. Como si te hubiesen robado algo que te pertenecía. Lo dicho, corazón cerrado. Cerrado a mí.
Es lo normal, no hay nada raro en esto. Es ley de vida, no sé de qué me quejo. Que no es que lo haga. Pero siento que me abate darme cuenta de esas cosas. Como si mi corazón aún siguiese observando, con la mirada puesta atrás, latiendo con gotas de sangre del pasado. Más vivo, más rojo, más grande y delicado. Como una bomba, apunto de estallar. Aunque a veces llora. A veces se queda largos tiempos sin decir palabra. Mudo.
Pero nunca escupe... Él sabe amar las pérdidas, él sabe reconocer que, aunque solo fuese cosa suya, aunque haya sido olvidado, sucedió. Y ahora es parte de él, de su luto. De, como he dicho, su propia sangre. Esa sangre, que espera derramar hacia atrás y hacia delante en el tiempo. Revivir o morir, pero ambos verbos, por algo grande. Algo mutuo.
Porque cuando se abran las puertas, yo también seré realidad; aquella realidad que fue. Ahora solo soy, como tú, un corazón ajeno y cerrado. Cerrado a ti. Latiendo con las gotas de quien para mí fuiste. Y ya no está, ya murió.
A las cosas que se fueron, al los sentimientos criogenizados... (Desde mis sensaciones)
Tras meses hurgando en mi alma, vuelvo a la acción.
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