Hoy escribo solo como remedio para aliviar el dolor. Pensar en lo que me pasa, analizarlo, buscar alternativas y cuestiones dentro del caos que llevo dentro hace que consiga darle una especie de orden a mi interior. Un orden engañoso quizás, una mentira o una forma bonita a la que mirar tranquilo, un engaño placentero, que me da paz. Y a cada vez que empiezo a escribir más pronto siento desgana y desánimo por continuar. No veo esperanza ni tengo fe porque escribir esto sirva de algo, porque ponga solución a mis problemas internos. Es una lucha constante, por resistir los síntomas de una depresión perpetua con la que he estado lidiando mucho tiempo; que no ha sido lo suficientemente contundente para hacerme explotar o cambiar de tercio el rumbo de mi vida, pero que por el contrario, como un goteo incesante, me ha abierto una herida ya difícil de curar. Pero si sigo aquí resistiendo, supongo que una parte de mí sigue luchando y sobrevive en busca de esperanza. Ojalá pueda agarrar esto bien fuerte con las manos antes de que ya sea demasiado tarde.
El otro día hice un test de eneagrama, para determinar el tipo de personalidad con la que más encajo. El resultado fue eneatipo 4, nada me sorprendió de esto. Casi a ciencia cierta sé que soy extremadamente sensible en cuestión de sentimientos y que, sin embargo, como un maestro del camuflaje, puedo asumir roles sentimentales a voluntad propia. Eso es un problema, porque acabas transformándote en lo crees que lo demás esperan de ti y olvidas quien eres en realidad, como eres realmente. Tanto sé de sentimientos que me he dado cuenta que no sé realmente quien soy. La solución sería probarme, pero me falta valor. Prefiero estar inmerso en mi mundo, en el que todo es más fácil y en el que puedo sentirme especial, incluso en la miseria. Porque ese es el gran propósito de la gente como yo, sentirse especial, a sabiendas de que no lo soy, y de que mi parte cerebral me señala perfectamente la salida al mundo real. Pero no lo acepto ni lo hago porque me falta el autoestima como para tener fe en lo que soy, en que eso que soy y tengo pueda ser capaz de realmente ser lo que espero de mí mismo, pare ser especial para mí mismo. Una especie de miedo al fracaso.
Todo lo anterior viene de mi infancia, porque ahora soy sensible, sí, pero no soy tan maleable como lo es un niño. Y a ese niño que era yo, las circunstancias lo transformaron en este tipo que ahora escribe. Cuando no se te reconoce nada de lo que haces bien hasta tú mismo dejas de alegrarte por tus triunfos, lo ves como algo banal, te ves como algo banal, mediocre. Como si pareciese que cumples simplemente con tu obligación, y eso mismo hace que crezca en tu cabeza la idea de que estás obligado a mucho más, que por ti mismo y por como eres no vales nada, que eres un recipiente vacío, un objeto que cumple con su cometido y nada más. Un maldito niño inteligente que no merece nada porque lo que tiene no se lo ha ganado, él nació inteligente y tendrá que agachar la cabeza avergonzado por tener algo que los demás no tienen. Y que si otros con 2 hacen 10, él tendrá que hacer 50 con su 5, y al final no hace ni 6. Bloqueado. Con un autoconcepto penoso. Sin cariño recibido no aprendió a darlo. Incomprendido y descalificado por ser él mismo. Por ser miedoso, por ser tímido, por ser torpe, débil, retraído, llorica, inocente. Inocente. Me declaro inocente por lógica, pero la injusticia de mi juez interno, al que instruyeron para condenarme, me inflige la mayor de las penas: el rechazo propio. Culpable de no ser como se espera ni querer serlo.
Carencias aplastantes tengo por culpa de mi niñez. Necesidad de cariño pero imposibilidad para mostrarlo. Mendigo amor arrastrándome y pisoteando mi amor propio. Me afecta sobremanera la indiferencia de los demás. Lo busco todo fuera de mí. No tengo personalidad definida. Gozo de un orgullo dañino, que mendiga ayuda pero no la pide. En definitiva, mi autoestima es cero, y lo sé.
Dice Coelho que hay que buscar las fuerzas a veces en "el enemigo oculto", esa novia que te dejó, ese chico que te pegaba en el colegio, ese trabajo para el que te descartaron, etc.; que tus logros al final llegaran oídos de todos. Pero yo no lo consigo, soy incapaz de tirar de amor propio porque no lo tengo, no puedo sacar fuerzas de ahí porque yo mismo me creí merecedor de todas las injusticias caídas sobre mí. Que nadie me querrá hasta que yo no me quiera. Y ahí, quizás, pueda buscar la diferencia con los demás, porque sí, porque yo sé que cuando eso pase ya tendré un gran camino ganado, el que me da mi don y mi maldición.
Y mi necesidad me sitúa en la tesitura de ser egoísta o intentar comprender a los demás. Se ve que soy incapaz de encontrar el equilibrio, o que no soy capaz de asumir que ni ellos me necesitan ni que yo puedo llegar a no necesitarlos y necesitarme a mí mismo.
Por eso me digo: "Levántate hijo de perra".