domingo, 13 de mayo de 2012

Individuo X

Hace ya bastantes años, en mi adolescencia, me topé de frente con la persona que hasta ese momento más me habría de intimidar.

Caminaba yo tranquilamente una mañana de sábado, creo, hacia casa de un amigo. Niño asustadizo, nervioso y angustiado, como siempre he sido, no puede evitar sobresaltarme cuando tuve a ese individuo frente a mí.

El breve pero intenso encuentro se produjo tan inesperada y brutalmente que no lo vi venir, simplemente, apareció en mi campo de visión, como por arte de magia, pocos metros antes de girar en una esquina. Tanto fue así que mis ojos no consiguieron enfocar y dar nitidez alguna a dicho personaje antes de que el miedo apareciese a escena.

Hace dos días volvió a suceder algo parecido. Esta vez la sensación fue, si cabe, aún más impactante, más intimidatoria. No pude sostener ni por una diezmilésima de segundo la mirada a ese hombre del que ni siquiera veía nítidos sus ojos, ésos que se clavaban en los míos. Solo conseguí captar su energía, más que por visión por emoción; su fortaleza y firme estampa me paralizó el corazón. Nunca había sentido una energía igual, nunca una presencia me había parecido tan imponente.

Todo pasó tan rápido que décimas después mi raciocinio me hizo caer en la cuenta de que en ese leve giro de cabeza había dado con un espejo inesperado. Era mi reflejo. Ese individuo que había hecho que se me congelara la respiración era yo mismo reflejado en un burdo espejo. La primera vez que sucedió el reflejo provenía de un escaparate de una tienda de muebles.

Y de qué tengo miedo, me pregunto. ¿Acaso lo tengo de mí mismo?, ¿o es tan solo que tengo tanto miedo que de hasta de mí mismo me asusto?

A lo mejor, es que lo que debería reflejar es el miedo.

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El cerebro es su afán por la supervivencia hace que aprendamos a tener miedo como sistema de alerta. Es bestial la eficiencia que puede conseguir en cuanto a esto. Y yo, más que un sistema de alerta pareciera que tengo una especie de "sentido arácnido" (películas a parte..). Humano, demasiado humano; también en esto. 

Solo que los tiempos cambian, y lo que era una ventaja para el hombre primitivo es una traba para el hombre moderno en esta sociedad de ahora. Me he quedado atrapado en los marcadores genéticos del  Homo rhodesiensis.

Y como me he pasado el fin de semana leyendo y viendo cosas relacionadas con la evolución humana, ánimo a indagar en el tema, es interesante.

jueves, 3 de mayo de 2012

El beso.

Vuelvo de nuevo por aquí. Hace mucho que no escribo nada y, la verdad, en todo este mes y medio se me han quedado unos cuantos temas en el tintero que no me decidí a publicar. Pero pasado, pasado es, y no me sabe bien escribir ahora de esos temas; me resulta forzado, planificado. Así que si vuelven a surgir, a fluir por el teclado como lo hacen ahora estas palabras, cobrarán forma por aquí.

Me estoy dando cuenta que las fechas y los momentos claves ahora ni siquiera me motivan lo suficiente. Me desesperanza. Pero alguno queda. Alguno.

Y sin más, allá voy.
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Hoy estoy gris, siento esa sensación pesada de tristeza, ésa que me hace sentir impotente en mi intento de escapar de ella. La que hace que no consiga ver nada más que eso. Supongo que se me pasará, solo espero que no dure mucho, porque más que doler, pesa, me anula.

Es algo parecido a la nostalgia. Odio la nostalgia. He oído de personas que dicen que la nostalgia es buena, te hace mirar atrás y revivir momentos bonitos que al recordar te reconforta en el mismo acto de echarlos de menos. Y un suspiro..., y esas cosas. A mí no me pasa igual, aunque supongo que en parte esas personas tienen razón; es de pura lógica, y más que nunca, hoy siento que yo no estoy en muy lógico estado emocional. Pero bueno, quizás, como siempre, todo pueda ser y no ser. No voy a pensarlo más.

Qué demonios, sigo pensando.

Algo me falta dentro, como siempre, esa conclusión acompaña a todas mis dudas, dilemas y problemas emocionales. Aplastante. Es algo así como la cosa esa de Descartes que no lo dejaba parar de existir. Y también me pesa, como la nostalgia. El vacío que siento y que se manifiesta en ocasiones es el culpable de todo. Maldito demonio. Que, a diferencia de otras veces, es ese que te hace estar seguro de que te ha hecho de faltar más que de sobrar; que no hay duda que ahora no es la sensibilidad extrema madre de caos interno, que es un vacío, no tan frío y monstruoso como ese en que me creo a veces, sino ese que pesa. Pesa.

El miedo a perder. La inseguridad. Que no te deja disfrutar de nada. Que no te deja disfrutar de la nostalgia.

Y me siento débil, muy débil en ese sentido. No ser capaz de disfrutar de las sensaciones que dejan las cosas bonitas. Que enseguida la pesadumbre invade mi corazón porque esas cosas se me marchan. Porque no hay esperanza, porque no hay seguridad; ni seguridad ni esperanza en mí mismo. Y cuando eso pasa, que pasa siempre, también me falta seguridad en las cosas y las personas que valoro, la seguridad de que sigan queriéndome, que sigan queriendo estar conmigo, que sigan queriendo que les de algo de mí. Es la única forma que he visto siempre de profesarme amor propio, y eso que solitario soy un rato...

Por eso necesito fortificar, con las piedras que me da la cantera de mi ser, la morada de mi vida. Para poder albergar esas cosas buenas que vienen de parte de los demás y del mundo, el amor. Si no hago eso jamás podré disfrutar de nada.

Y paro ya, que me pasa como siempre, que esto me aplasta.

Ahora me centraré en un momento, un momento que se me sucedió ayer mismo, uno de esos de "clarividencia", de los que destapan los secretos de la vida, que la hacen fácil, que despejan los nubarrones de las dudas, que te hacen agradecer estar vivo. Y de los que tengo tan pocos, de los que se me escapan entre las manos.

En  más de 24 horas de estar a gusto, en la gloria, feliz (en mi felicidad contenida de serie..). Genial. Pero, hasta ayer a media tarde ese momento se hizo esperar, que yo ni lo esperaba.

Un sofá, dos personas, un beso. Un beso como todos aquellos que no paramos de darnos como si el mundo se acabara mañana. Pero un beso en el que pensé, pensé en mis dudas y miedos, en los que pienso siempre; pero un pensar que nunca me atrevo a tener en momentos de felicidad. Esa quizás fue la diferencia que propició ese momento, El momento. Y pensé, pensé en que no sabía como iba a acabar todo eso, pensé en el miedo que me daba perderla, en el miedo de que esos besos se acabaran. Y también pensé en lo especial que era esa persona, pensé en la humedad de su boca, pensé en las sensaciones, pensé, sentí. Y sentí que ya no me daba miedo perder aquello, que era algo tan bonito, tan magnífico lo que sentía que ya no me importaba el futuro, que ya no me importaba perderla. Que sería capaz, ¡yo, sí, yo!, capaz de mirar atrás en un futuro a ese preciso instante que se sucedía, y mirar de forma gratificante, valorando lo especial del momento, sientiéndome profundamente contento. Sintiendo que podría recordar con buena nostalgia eso que tenemos tú y yo. Grandes momentos para el libro de mi vida. 

Y se me han pasado muchas cosas por la cabeza mientras escribía otras tantas, pero no voy a acabar dándole protagonismo a esas cosas negativas que veo dentro de mí. Voy a terminar pensando en ese momento de ayer, en ese beso, y, sobre todo, en ese abrazo que no pude darte la madrugada de ayer. Porque es como los que ya nos hemos dado antes, por eso no puedo parar de pensarlo.

Y que Dios se encargue del resto.