martes, 15 de abril de 2014

(1) El Niño.




Qué fácil era para él imaginarlo en su cabeza. Siempre había sido un soñador, y los rubores del rostro maquillado por lo efímero de ese bello fluir, nunca terminaban de arder sobre el papel. Sobre la realidad. El niño que fue, había nacido fruto de sus características innatas, que no al contrario. Y ahí se quedó, preso de ellas.

Todo se complicó tanto adentro, que afuera empezaron a escucharse murmullos intrigantes, de esos que traman historias que no quieres oír, de esos que te acongojan hasta colocarte en una dimensión paralela, montura en merma de movilidad, oídos desacoplados, corazón expandido en la tráquea. Murmullos que se convierte en los ladridos de tu propia jauría de inseguridades. Que no puedes ignorarlos, que te empujan más profundo, pero con la vista puesta en la puerta de salida. En este caso, de entrada.

Qué complicado es cuando vas a ciegas. Aquel niño no tenía bastón ni perro lazarillo. Tenía temblores y escalofríos, tenía suelo blando y piedras duras. Un camino de incertidumbre y un puntito de luz eterna. Una luz que venía reflejada desde la misma materia que lo conformaba como persona. La persona que por lógica sabía que era, pero a  convicción y sentir, nunca apostó ni siquiera una gota de la saliva de la que, por angustia, tragaba.

La luz se fue apagando, el puntito haciéndose más pequeño, los sueños deslizándose cada vez más cerca de la amarga realidad. Las aspiraciones empequeñeciendo, las excusas apareciendo. Sobrevivir a la vida, el lema que empezó a despertar a esa intermitente bestia negra alzada a cuatro patas, y hasta a dos en una irreal ocasión. A un lobo se asemejaba, más no supo darle forma hasta más tarde. La misma imagen de la muerte.

Qué oscuro todo. ¡Cuánta miseria y sin sabores! Qué desagradecido a la vida. ¿Olvido cómo cantan los canarios? ¿Acaso no le quedó a fuego el cariño de ese hombre que tan poco conoció? ¡Las monedas rodando! ¡El sol de los domingos! ¿Qué pasó con las historias de héroes en las tardes de culo en suelo frío? ¡El fútbol y los amigos! Los olores, los sentimientos, las sensaciones. Dónde está todo aquello que habrá olvidado este desmemoriado desagradecido. Tras las brumas está, tras las brumas sigue. ¡Calienta la sangre el aire de tus pulmones!, ¡sóplalo con la fuerza de tu añoranza!, ¡dispersa el rocío!, ¡acaba con la niebla!, ¡contempla tu pasado! Agárrate, agárrate fuerte.

Debemos honrar ahora a ese niño rubio de pozos negros por ojos. La inocencia pura, el primero de nosotros. Médium de sueños, fantasías y alegría. Resistiendo como el más fuerte de los hombres, él nos deja el testigo. Devolvámosle lo que es suyo. Aprovechemos su energía. ¡Devolvámosle por Dios su lengua, su voz, su esperanza, su brillo!

¿Tú lo amas? Yo. Yo lo amo. 


"Está entrada la noche, el día se acerca.
Despojémonos pues de las obras de las tinieblas,
Y revistamos las armas de la luz."
Romanos, XIII,12