No es novedad ya que soy una persona que no goza de la necesaria cualidad de la paciencia. Con sus matices, claro. Porque en mí no es nada tan absoluto; bueno, ni en mí ni en nada. Me refiero a que, como en casi todo, no tengo (o tengo) mucho de lo mismo para algo y nada para otro algo. Soy paciente para unas cosas, pero para otras soy incontrolable, incapaz de quedarme en calma esperando (o confiando).
Supongo que ésto se vuelve a reducir a lo mismo de siempre, la capacidad o incapacidad para mantener el control cuando las circunstancias son desfavorables para ello. Cuando sientes esa presión de angustia o miedo; miedo de cualquier tipo. Y aquí se incluye la necesidad, el hambre a saciar, los vacíos a rellenar. Miedo a sentir a tu estómago quejarse tan desesperada y agónicamente que te puede y te domina, que te hace echar a correr desesperado, descontrolado. A eso me refiero.
Entonces es cuando te pierdes de nuevo. O crees estar muy perdido, porque cuando estás extasiado corriendo como loco para todos lados, no hay forma de poder pensar en otra cosa, no hay forma de recordar lo que tan claro tienes en otros momentos. Y es que mi problema es de memoria, y nada más. Que no me paro a pensar, porque ando descontrolado. Al menos, en momentos como estos en los que escribo, casi siempre abatido, puedo verlo todo con más claridad. O quizás no, o quizás, precisamente estos momentos en los que creo estar firmemente plantado observando el firmamento al detalle, sean en los que verdaderamente esté asustado, huyendo y acorralado. Porque la bomba de sentimientos y pensamientos que soy me vuelven a colocar en el rol de ser humano. Demasiado humano.
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