sábado, 12 de octubre de 2013

El tumulto del asco.



Es mejor que el asco forme tumulto, a que el tumulto de asco; es, sin duda, más esperanzador. O así lo quiero ver después de tal cúmulo de sentimientos e impresiones (¿)negativas(?) acontecidas en mí, mi mundo y el mundo que habito. A la vez, por igual, en el espacio entre esas tres regiones. En el limbo que genero cada vez que me pierdo a pasear, por las cimas y collados, en el espesor de la niebla del monte desasosiego.

Y es que últimamente me siento aislado. Ajeno a todo. No encuentro materia similar a la mía. Como de un espécimen perdido en otro planeta, luchando por respirar de un aire que no es el suyo.
Pero ya todos sabemos, que no es así. Que ni soy especial, diferente, o el único de mi especie. Que esto son delirios absurdo-dramáticos, tan necesarios como carentes de peso práctico. Aclarado ésto, sigo.

Me da asco el mundo, ¿sabes? Cada vez más. Ya salgo por ahí y es que no disfruto, me asquea todo, me siento súper ajeno a todo. Veo tetas, culos, nalgas impresionantes, mujeres guapísimas. Una patada a una piedra, y salen veinte así.
Me doy cuenta de que lo único que nos une es eso, pero al ser algo tan común, llego a la conclusión de que sólo nos unen las circunstancias. Nuestras relaciones son capricho de nuestras circunstancias. En parte es triste. Y más cuando no vez nada más que todo eso que he comentado, no ves una llama diferente en ninguna mirada, no ves ese fuego, esa vida que anhelas. No te ves reflejado en nadie. Y las esperanzas se vienen abajo.
Cuando hablo de éso, me refiero a lo banal en general. También nos unen la casualidad, las circunstancias, como he dicho. Aparentemente incapaces de interesarnos por algo más, más allá de eso. Somos conformistas. No buscamos fines mayores, sólo saciar nuestro hambre. A los leones de los nihilistas que me arrojo.

Quiero pensar que hay algo más que eso. Pero no puedo evitar en algunas situaciones sentirme así. Repito: ajeno, aislado, solo, desesperanzado.

Ya pasa que ni bebo alcohol. A este paso me volveré totalmente abstemio.
En parte me veo vulnerable. Veo mis miserias, que bien conozco ya, no me hace falta volver a verlas. Las veo en los demás, y las veo en mí cuando pienso que sucumbo, que me rindo, que me entrego al tumulto. Me siento mal después de una noche de haber bebido más de la cuenta. Y no es que ni siquiera me emborrache, jamás he perdido el sentido ni nada parecido. Nada ni mucho menos grave, ni que se le acerque de lejos. Nunca he sido de beber mucho. Por eso supongo que no lo hago, porque luego me siento mal, por dejarme arrastrar, por no soportar con resignación el aislamiento que me genera estos pensamientos que a veces resurgen, pensamientos de vacío. Por no estar tranquilo, por perder la calma. Por cambiar la soledad por mi sentimiento de fuerza, de orgullo, de equilibrio, la soberbia enmascarada que me hace ser yo. 
Pues eso, que no hace falta que haga ninguna tontería, ni diga ninguna cosa de la que me arrepienta, ni nada en absoluto. Pero es beber y al día siguiente me siento mal. Mal conmigo mismo, con mi triste existencia.
Y no se trata de aceptar que soy humano, eso es otra cosa. Que bien lo acepto ya. 

Y veo que la gente, baila, bebe, pareciese que no buscan nada más, y muchos etcéteras. Aplicados a la noche, al día, a todos ámbitos y circunstancias. Sentir que la superficialidad en cualquiera de su facetas, más de un tipo que de otro, lo inunda todo. ¿Quién valora lo que yo tengo, quién valora lo que yo busco?
O a lo mejor soy yo, que soy el débil, que no se compaginar, que no tengo seguridad ni arrojo para sentirme yo en cualquier parte. A lo mejor soy yo el cobarde, el intransigente, el cegado. El niño...

Seguramente.




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