miércoles, 29 de agosto de 2012

Miedo a la oscuridad.

Todos nos encontrábamos en el mismo punto de reunión. Cada cual, como bola en una buena partida de petanca, se encontraba bastante cercano de los otros. Los golpes de los lanzamientos iniciales diferían poco, conforme al material nato de las bolas en cuestión, de metal unas, de madera el resto, de algún material aún no averiguado otras. Tan poco diferían, como lo hace un número entero con su consecutivo. Y tan gigantes las consecuencias en el bombo de la lotería. Las elecciones.

Unas cuantas bestias fueron liberadas en la sala. Todos, temerosos, corrimos hacia la salvación. Cada uno eligió un camino a ciegas sin, a priori, saber el que tomarían las bestias. Impredecibles. 
Yo me equivoqué. Mientras otros huían a salvo, yo, por el contrario, me topé con una de esas bestias obstaculizando mi camino. Ya no me dejó avanzar, ni en una dirección ni en otra. Ahora me tiene preso, presto de sus fauces y una lucha encarnizada. Mientras los demás caminan hacia delante, siguiendo el rumbo de su camino, yo yazco aquí, perdiendo terreno, perdiendo la vida.

Pero si algo tengo claro, es que, cuando haya derrotado a esta bestia, que lo haré, me habré hecho tan inmensamente fuerte, que correré a monte abierto al doble de velocidad que los que eligieron con acierto.

O me perderé en el olvido.


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