Hasta hace poco se pensaba que el "cuac" de los patos no generaba eco. Pero hace un par de años el profesor Trevor Cox, del Centro de Investigación Acústica de la Universidad de Salford (Reino Unido), consiguió echar por tierra esta leyenda urbana al registrar el graznido de una pata llamada Daisy en una cámara de reverberación. De este modo demostró que las ondas sonoras que origina el grito del animal también se reflejan al chocar contra una superficie dura, dando lugar al fenómeno acústico que denominamos eco. Lo que sí es cierto es que el eco del graznido de estas aves es difícilmente perceptible por el oído humano, especialmente en espacios abiertos. Además de que, según Cox, el largo "aaaacckk" final de la llamada del pato consigue enmascarar cualquier eco.
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A parte de la curiosidad animal, hablaré de la muerte.
Hará año y medio que me planteé el tema de la muerte de manera muy cercana, me refiero, pensando que ésta se cebase con una persona en concreto, a la cual veo todos los días. Aunque parezca extraño nunca hasta ese momento me había parado a pensar lo que supondría tan fatal noticia para mí; de miles de cavilaciones que pasan por mi mente, ninguna, o casi ninguna, había sido lo suficientemente tan poco egoísta como para no situarme como protagonista y receptor directo, al menos ninguna que me estremeciera como ésta.
Entré en pánico, pensando en que ese momento llegaría, pensando en cómo lo iba a afrontar. Fui consciente de que era inevitable y de que yo no estaba preparado. Me abrumó la simple idea.
Me puse en el supuesto y pensé que de todos mis abuelos vivos ninguna muerte me afectaría tanto como la de mi abuela materna. Que quizás se me haría más llevadero si no fuese ella. Y a día de hoy, me arrepiento tantísimo de esos feos pensamientos comparativos que no doy a basto con el sentimiento de culpa, de culpa y de sorpresa, de verme de nuevo abordado por la muerte, y estando dándome cuenta de que estaba totalmente equivocado. Porque en estos últimos meses, desde noviembre hasta ahora, no es mi abuela materna la que lidia con la muerte, es mi abuelo. Y le estoy viendo la cara a la muerte de tal manera que me siento más indefenso que nadie.
Haré un breve resumen que me lleva hasta estos días. Empezaré por el final y volveré al principio para terminar.
Pasado domingo 18 de marzo, mi hermana y yo corríamos por La Vía Verde, flanqueada por olivos. De vuelta a Torredelcampo, a unos 500 metros del túnel, la gente se aglomeraba. Un hombre de mediana edad estaba siendo atendido por los sanitarios del 061 ladera arriba, entre olivos, había sufrido un infarto o algo similar. A pie camino, 200 metros abajo su mujer gritaba desesperada víctima de un ataque de nervios. Lo cierto es que, aparte del respeto que me producía la situación, no me noté especialmente sensibilizado al ser testigo de esta tragedia. Me sentí un tanto frío y traté de buscar dentro de mis adentros un poco de sentimiento, pero poca cosa saqué. Pero sí que me sirvió para pensar de nuevo en cómo desaprovecho mi vida.
Volvemos al principio, a noviembre. Estando en casa una tarde cualquiera llamaron al teléfono. Noté en la voz de mi madre que algo no andaba bien. Me gritó desde el salón que cogiera el coche. La ambulancia ya estaba allí y solo nos quedó esperar. A partir de ahí el bajón físico fue considerable y varios sustos se sucedieron.
Afortunadamente la situación revirtió durante el comienzo de año, más mermado pero recuperado del bache inicial. Hasta hace tres semanas. Ese sábado por la mañana en el que mi abuela llamó a casa pidiéndole a mi padre que fuese hasta su casa porque mi abuelo no se quería levantar de la cama, tenía la cabeza ida y estaba muy débil, hasta el punto que no podía ni articular palabra.
Tan angustiosa fue esa mañana que no pude hacer más que dar vueltas por casa. Consciente de que podría estar más cerca que nunca lo temido. Y con un gran miedo paralizador en mi cuerpo, sabedor de que no estaba preparado para afrontar la situación, me vi obligado a reaccionar. Sin noticia ninguna. Me duché, me vestí, metí llaves y documentación en mis bolsillos, y me calcé. Directo a casa de mis abuelos, sin decirle nada a mi hermana que acababa de despertar y con cara de tumba, sin que me saliesen las palabras, sin saber que iba a encontrarme y maquinando en mi mente lo peor. Pero lo hice. Es cierto que la llamada no era alarmante esta vez, pero reaccioné tarde, fruto de mi cangelo inicial.
Entre por la puerta y me dirigí a la sala. Allí estaba, sentado, con mi padre y mi abuela. Débil, muy débil, como nunca lo había visto, como nunca lo imaginé. Dije "¿qué pasa abuelo?¿cómo estás?" conforme la voz me lo permitía, y me senté allí con ellos, sin decir mucho.
Ya más tranquilo volví a casa. Pero desde entonces no suporto el sonido del teléfono, se me encoje el corazón.
Hoy he soñado con este tema. He estado deambulando en mis sueños entre hospitales, familia, desconocidos y alguna que otra cosa rara más. Lo protegía y lo cuidaba, luchando contra lo inevitable y receloso de hasta mi propia familia, contra todo y contra todos. Al final, en mi sueño, pasaba. Mi madre me daba la noticia, y mi ansiedad durante todo el sueño se convertía en un llanto desconsolado y exagerado, de estos que recuerdo de mi infancia, de los que te dejan respirar solo a horcajadas, pero esta vez con la amargura y la angustia añadida de la consciencia de un adulto. Como gritos ahogados. Sin poder parar. No he llorado más en mi vida, ni en realidad ni en sueños.
Hoy llevo todo el día con la necesidad de llorar como en mi sueño. Desahogarme me vendría bien, pero no me sale. Y es que vivo conteniéndome, siempre en tensión, siempre con miedos.
Otra cosa de la que me he dado cuenta en mi sueño, es que a mí me afectaba más que a nadie, hasta mi madre parecía verlo como algo intrascendente. Y a mí agonía se le añadía una pizca de ira contra mi familia, como reproche a no estar tomándoselo tan mal como yo suponía. Y les gritaba.
Pero es que esto último es reflejo de la realidad, de lo indefenso que me siento comparado con los demás y respecto a este tema, porque los veo a todos más preparados. Porque ellos no se quedan tan paralizados como yo. Reaccionan ante la muerte, la ven con más naturalidad, les abruma menos la decadencia que a mí. Y yo es que no puedo contra el miedo.
Intentaré cambiar más con esas personas que tengo cerca, aunque para mí sea tan difícil. Porque mañana, ya puede ser demasiado tarde.
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