lunes, 22 de julio de 2013

Torres

Ojalá supiese dibujar. Pero lo más a mano que tengo ahora para poder plasmar las sensaciones que me produce este lugar, no es más que la cámara de mi teléfono móvil y éstas, mis palabras.

Son casi las cuatro de la tarde de un lunes 22 de julio. Las chicharras cantan con fuerza. Que no sé si a eso se le puede llamar cantar, pero es uno de los sonidos para mí enigmáticos de las sierras de la provincia de Jaén. Sonido de la naturaleza.
A pesar de las chicharras, hoy no hace un calor a la altura de las fechas por estos lares. Aunque claro, nunca he estado aquí, en este pueblo. Estoy en Torres, una pequeña localidad a las puertas de Sierra Mágina.

¿Y qué hago aquí? Siento decir que nada interesante. A lo mejor por eso (y por aburrimiento), me he puesto a escribir; para maximizar mi estancia, para sacar lo mejor. Que no sé siquiera lo que es, que pocas veces sé identificar.

Bueno, la cuestión es que después del término de la sesión de mañana de un curso, que no sé bien el porqué lo estoy haciendo (es gratis) y que es la causa directa y lógica  por la cual me encuentro aquí, he tenido que buscar un lugar a la sombra para degustar mi exquisito bocadillo de atún con ketchup acompañado por un zumo y rematado por un plátano bastante maduro. La especialidad de la casa.
Y así, a base de tirar de piernas me he pateado un tercio del pueblo en cuestión (tres calles) hasta encontrar un parquesito. Es el parque municipal. No es muy complejo ni grande, apenas con unas dimensiones de 80 por 17 metros y con el diseño del típico parque de barrio que se estila por España. Adoquines blancos y rojos, con eso lo digo todo. Pero tiene su encanto, está plagado de árboles, setos y demás; el verde predomina y se confunde con el verde de la naturaleza de alrededor. Pegado a una pared de piedra, parece ser más un área de recreo en plena sierra.

Me van a comer las hormigas. Se suben por mis pies y andurrean por el banco de piedra en el que estoy sentado. Están consiguiendo que mi sugestión haga que me esté empezando a picar todo; hasta creo que tengo varias en los calzoncillos.

En fin, que aquí estoy, en el círculo que intermedia con el pasillo central del parque. Una plazuela de adoquines con cuatro bancos de piedra, y yo en uno de ellos.
Cuando he llegado aquí una agradable sensación de eternidad me ha llenado por un pequeño instante. Será cosa de ese misticismo que rodea a los círculos; y máxime cuando lo guardan o flanquean un número concreto de elementos y te sientes parde de ellos, mirando hacia el centro, parte de un todo, como un miembro del gran consejo de la vida. Pero los otros tres bancos siguen vacíos... Aquí estoy sólo y solo yo, y muy de vez en cuando, algún adolescente que pasa por delante mía camino de la piscina municipal que está por aquí cerca.

¡Ah! El gato. También el gato me ha hecho compañía un momento. Venía solitario de camino a donde yo estoy sentado y, como quien se conoce el lugar y no espera forastero, se ha topado conmigo, de frente y sin esperarlo. Menudo susto se ha llevado el pobre. Se ha quedado de piedra observándome. Y yo a él. Durante casi un minuto. Luego se ha marchado rodeándome, tomando la distancia necesaria de seguridad.

Suena el teléfono. Lo dejo aquí.














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